Cómo ser flexible ante la incertidumbre | El economista

16 Jul2021
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La pandemia de la COVID-19 está remitiendo.

A nivel sanitario el promedio de contagios por COVID-19 está en niveles del verano 2020, las empresas empiezan a alcanzar en su actividad cifras más normales excepto los sectores más afectados por regulaciones sanitarias nacionales (hostelería) o internacionales (turismo).

La crisis de financiación de las empresas se ha evitado con los créditos ICO empujados por la Unión Europea y los Fondos Europeos para la Recuperación prometen (veremos en qué queda para la mayoría de las empresas españolas) inundar la economía con miles de millones.

Además, indicadores con buen pulso de las expectativas de la gente como el Indice de Confianza del Consumidor del INE llevan 5 meses creciendo. Parece que hay luz al final del túnel.

Pero no todo es positivo: además del efecto resaca de la pandemia y el temor de nuevos repuntes y restricciones sanitarias, hay malas noticias: las materias primas están sufriendo un gran incremento (petróleo y plásticos, madera, metales, productos químicos, alimentos básicos…), los fletes marítimos se han incrementado más de un 100% y los costes de la energía siguen aumentando, al igual que los precios del CO2.

Esto incide en la rentabilidad de las empresas, que, en sectores con la demanda muy concentrada como en el caso de los proveedores de la Gran Distribución, no pueden trasladar esos incrementos de precio a sus clientes, además del potencial efecto en la inflación (y descenso consecuente de la renta disponible para el consumo) que puede tener.

En esta esquizofrenia es donde tienen que vivir los empresarios españoles los próximos meses (y muy probablemente más de un  año). Muy buenas noticias y otras muy malas, sin saber qué efecto van a tener estos eventos sobre sus empresas.

Pero,  ¿cómo debemos los empresarios prepararnos para esta montaña rusa?

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